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Estos cuentos que suelen ser un poco menos efímeros q las mariposas…

 

 

Uniforme

 

Recorre en escondidas los angostos pasillos del colegio. Sólo para escaparse. La seguí inmediatamente para espiarla. Jamás se daría cuenta. El espectro reluciente de su figura al caer en un precipicio. Sus alas invisibles y ligeras agitándose como un abanico. El cabello hasta la nuca, el tatuaje en su espalda. Alcancé a ver la media corrida en su pierna izquierda, desde la rodilla hasta el muslo. Sus zapatos negros apenas si apoyaban las suelas en el piso. Sigilosa y rápida. Un largo periodo de abstinencia. Sus piernas. La sequedad de mi piel, la saliva de mi garganta.

Llego al baño. Esa estúpida preceptora casi me descubre. Un par de amonestaciones y una nota a mis padres. Pude safarme de vuelta. Doy un salto y me siento en el lavatorio apoyando mi cabeza en el espejo. Me prendo un cigarrillo. El placer que hace tanto tiempo no tenía. Miro mis piernas, mi media mostrando el verdadero color de mi piel .

Al verla pasar no pude evadirla. Su olor. Un desasosiego de carne. Mis dientes ásperos, mi larga lengua. La sigo hasta el baño. Entro. Está recorriendo su pierna con la mano subiéndose la falda cuadriculada del uniforme. Sostiene como una desquiciada su cigarrillo, la deben haber retado por su maquillaje y sus uñas mal pintadas.

¿Me lo sostenés?.

¿Puedo fumarlo?.

¡Como quieras!.

Tomo su cigarrillo y siento el perfume de sus manos, quizás sus labios, quizás su esencia.

¿Te pasa algo?

 ¡Mis medias!.

Saco un esmalte de mi riñonera y miro su pierna. Alguien la arañó y no fui yo.

Una gota fría como una gota de cera caliente cae sobre mi pierna. Humedezco la sangre prohibida con el hilo de baba que cuelga en mi paladar. Mis labios se expanden hacia el contenido océano escondido.

Abro sus dos piernas y apoyo mi cadera en la mesada. Recorro con mi dedo el hilo corrido que llega cerca de su bombacha y la miro. Encaje y puntilla. Una mezcla rara. El esmalte me mancha la yema y lo miro.

Tomo su dedo y lo limpio en mi falda. Las medias comienzan a importarme muy poco. Sus dos manos abrazan mi cintura. Si nos descubren nos echan. Eso es lo que me gusta.

La miro. La sensación es extraña. Confusión azulina. No acostumbro a esto. La tentación riéndose de mí. Será culpa de ella, de esta falda y sus pasos de gacela.

¿Qué me pasa? Se humedece mi cavidad de secreciones íntimas. Quiero que me besés. Te deseo con desesperación. Mis impulsos inagotables como animales en cautiverio.

Esto es nuevo para mí. Un cigarrillo arrojado al lavatorio para que lo encuentre la celadora. La imagen de tu cuerpo una y otra vez dentro mío. Se hace tarde. Debo besarte antes del timbre. Mañana veremos.

Me besa. Siento una intensa contracción que sube hasta mi garganta. Me duele y me gusta. Lo que me gusta me duele. Lo que me duele me gusta. Su lengua. Su boca conteniéndome, mojándome.

Suena el timbre.

Me bajo del lavatorio y la miro.

¿Qué hacés acá sola? Sólo me estaba mirando al espejo.

Ella me toma de la mano. Entramos al de los inválidos y trabamos la puerta. Me paro encima del inodoro para que las buchonas sólo vean dos pies y pasamos el resto del recreo riéndonos a escondidas de las estupideces que hablan las mujeres mientras van al baño.